Arqueología, Enseñanza
María Victoria Martín Mendiluce, junto a su compañera y amiga Ana María Elorrieta Lacy, llevaron a cabo los trabajos de campo de la excavación arqueológica que se ejecutó sobre la necrópolis visigoda de Villel de Mesa, en la primavera de 1944. En esa fecha aún eran estudiantes de primer curso de la especialidad en Historia de la licenciatura de Filosofía y Letras, pero ya despuntaban como alumnas aventajadas y con unas ganas de aprender que nunca perdieron. Compañeras de estudios desde el colegio, conservaron la amistad durante toda su vida.
Nació en Pamplona el 5 de julio de 1923, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Juan Martín Rocha, fue licenciado en medicina y cirugía y ejerció profesionalmente en la Sanidad Militar, capitán médico en ese momento que llegó a comandante médico y profesor de Arte Militar y Servicios Sanitarios de la Academia de Sanidad Militar. La madre de María Victoria, María Jesús Mendiluce Martínez, pertenecía a una distinguida familia navarra de empresarios. Aunque nació en la capital navarra, la residencia familiar estaba establecida en Madrid; eran frecuentes los viajes a Navarra y Guipúzcoa para visitar a la familia materna.
María Victoria estudió en el Instituto-Escuela por decisión de su madre. María Jesús Mendiluce tuvo claro que para sus hijas quería otro tipo de formación a la que recibió ella en un colegio religioso de San Sebastián. Siempre mantuvo la sensación de que solo le enseñaron a realizar las tareas que en aquel entonces se atribuían a las mujeres. Por ello, se preocupó que desde el inicio se formaran y alcanzaran una carrera universitaria. Así, María Victoria estudió Filosofía y Letras, su hermana María Jesús hizo Químicas y su hermano José María se licenció en Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Es en el Instituto-Escuela donde María Victoria conoce a Ana María Elorrieta, quienes fueron compañeras de estudios también en la facultad y muy buenas amigas por el resto de sus vidas. En su juventud, compartía la inquietud intelectual que desarrollaba en el Instituto-Escuela con el interés por el deporte. Aprendió a montar a caballo, a los cuales tenía acceso a través de su padre, médico militar, quién le inculcó ese interés por el deporte. De hecho, participó en varios torneos de salto con gran éxito, ya que ganó la mayor parte de ellos
Accede a la universidad tras superar el Examen de Estado a finales de febrero de 1941. Y es en el curso 1941/1942 cuando comienza a cursar la licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad Central. Tras dos cursos comunes a las distintas especialidades en los que estudió los idiomas inglés y griego, inicia la especialidad en Historia. En el primer curso de la especialidad en Historia (1943/1944) se matricula de las asignaturas correspondientes, a saber: Prehistoria y Arqueología, Historia Universal Antigua y Media, Historia de España Antigua y Media, Paleografía, Geografía, Numismática y Epigrafía y Bibliología. En segundo (1944/1945), cursa: Diplomática, Historia Universal Moderna y Contemporánea, Historia de España Moderna y Contemporánea, Historia de América, Historia del Arte, Historia de la Geografía e Historia Primitiva del Hombre. Una vez cursadas, a finales de año supera los ejercicios orales y prácticos que le otorgan el título de licenciada. Posteriormente continúa formándose en el Seminario de Historia Primitiva del Hombre de la Universidad Central durante el curso 1946/1947 y que dirigía Julio Martínez Santa-Olalla.
Durante su estancia en el curso libre del Seminario, y con la experiencia adquirida en la excavación de la necrópolis visigoda de Villel de Mesa, participó en una campaña de exploración en los Toros de Guisando en el mes de diciembre. Estas dos actuaciones darían origen a algunos de sus artículos publicados:
Hay que señalar que en la mayoría de los artículos que publicó, aparece registrada con los apellidos paternos: Martín Rocha; en vez de los suyos propios: Martín Mendiluce.
Posteriormente, se casó con Jorge Fanlo Nicolás, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, quien era compañero de facultad de su hermano José María. Pero se conocieron casualmente, sin saberlo, un verano en La Granja de San Ildefonso, lugar donde la familia de Ana María Elorrieta tenía casa y donde Jorge hacía la milicia universitaria. Tuvieron descendencia y María Victoria tomó la decisión de aparcar la arqueología para poder dedicar más tiempo a su familia, a pesar del empeño que ponía Jorge en que siguiera trabajando: «Mariví, ponte a trabajar, si a ti es lo que te gusta». «No, no, no, yo ahora me dedico a mi familia y estoy donde quiero estar, y soy muy feliz como soy» decía siempre, sin ningún tipo de frustración, como aclaran sus hijas. Porque María Victoria siempre ha sido una mujer que ha puesto su manera de ser y pensar por delante de las opiniones de los demás, se podría decir un poco rebelde, lo que le hacía chocar con su madre. Sirva como anécdota que a la muerte de su padre, a quien adoraba, toda la familia se vistió de luto como era costumbre, pero María Victoria se negó: «el mayor dolor lo llevo dentro y yo no me pongo estas tonterías» decía, a pesar de que fue muy criticada.
La experiencia de su madre con la educación religiosa, su propia formación en el Instituto-Escuela y la pasión por aprender que tenía ―era una lectora empedernida―, le llevó a que sus hijas y también su hijo cursaran estudios en un colegio laico y con idiomas. Así, estudiaron en el Liceo Francés, donde tuvieron como profesora de Lengua y Literatura a Ana María Elorrieta. Ese interés por la cultura se la transmitía a sus hijos. No había semana que no les llevara a una sesión de cine, a visitar un museo y les llevara en coche a una excursión por Segovia, San Lorenzo de El Escorial, Cuenca o cualquier lugar interesante. También a sus nietos, que los llevaba por los museos, entre ellos el Museo Arqueológico Nacional para enseñarles las piezas visigodas, como las que estudiaba y excavaba en su juventud.
Falleció en Madrid el 11 de marzo de 2014.
La necrópolis de Villel de Mesa fue la excavación que les dejó mejor recuerdo, tanto a María Victoria como a Ana María, por diversos motivos. Seguramente fuera la primera campaña arqueológica a la que se enfrentaba; además, como recuerdan las hijas de María Victoria: «la experiencia vivida, la implicación del alcalde ―Manuel Colás― y de todo el pueblo en la excavación. Mamá decía que «estaba allí todo el pueblo entregado y nos trataban como a reinas»». Y también por la cantidad de material que apareció: «Mamá siempre decía que fue la única excavación donde encontraron algo. Había habido más excavaciones pero nunca encontraban nada. Lo pasaron muy bien, guardaban la excavación de Villel en su memoria con mucha ilusión, de siempre, y la hebilla visigoda». Todo ello hacía que siempre lo recordara y hablara de ello con mucha nostalgia. Estuvieron aproximadamente durante dos semanas alojadas en Villel de Mesa.
En el verano de 2002 pude reunirme con María Victoria y Ana María en casa de esta última. Ambas partes estábamos agradecidas, ellas por el interés que, muchos años después, estaba provocando su participación en la excavación arqueológica que con más cariño recordaban; y yo por estar con las arqueólogas que en 1944 excavaron el cementerio visigodo de Villel de Mesa. De esa reunión salieron las fotos de las excavaciones y algunos recuerdos y observaciones sobre los objetos que aparecieron: hebillas, placas rectangulares de cinturón, fíbulas, brazaletes, collares, pulseras de cuentas de vidrio y ámbar, pendientes, anillos, alguna figurilla, «una curiosa campanita perfectamente hecha y espadas cortas de hierro»; y sobre «la gran altura que debieron tener aquellos visigodos, pues la longitud de los huesos era considerable». A la vez estaba en contacto con Luis Balmaseda, Jefe de la Sección de Arqueología Paleocristiana y Visigoda del Dpto. de Antigüedades Medievales del Museo Arqueológico Nacional, para interesarme por las piezas del yacimiento de Villel de Mesa. Así el Museo contó con la presencia de las propias arqueólogas para el proceso de clasicación e identicación de las piezas. Unos momentos que les hizo revivir su aventura de estudiantes en el yacimiento del cementerio visigodo de Villel de Mesa.
Arqueología, Enseñanza
Villel de Mesa